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This article was written on 20 may 2017, and is filled under Textos.

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Arte sonoro en Chile

Este texto hace parte del catálogo de la Exposición Otros paisajes / otros sonidos, curada por Leandro Pisano y Antonio Arévalo. Roma, mayo, 2017

Chile por mucho tiempo ha sido representado en literatura, pintura, fotografía o cine. Conocido es el verso de Nicanor Parra que delata que Chile sería antes paisaje que país. Imagen antes que concepto; espectro antes que realidad, entendemos… Pero desde la última década y de manera insospechada ha ido en aumento una cantidad de artistas que han intentado re-presentar la complejidad de nuestro territorio y sus habitantes desde el sonido antes que las palabras o las imágenes.

Artistas como Claudia González Godoy, Rainer Kraus, Alejandra Pérez, Fernando Godoy, Sebastián Jatz, Ana María Estrada, Francisco Navarrete Sitjas, Ariel Bustamente, Nicolás Spencer, Mónica Bate, Bárbara González, entre otros y otras, muchas… parecen contestar al deseo de nuestra premio Nobel de literatura, Gabriela Mistral, quien entonaba casi proféticamente hacia 1939:

“Ya se han hecho los mapas visuales, y también los palpables; faltaría el mapa de las resonancias que volviese una tierra ‘escuchable’. La cosa vendrá, y no muy tarde; se recogerá el entreveramiento de los estruendos y los ruidos de una región… posando angélicamente los palpos de la ‘radio’ sobre la atmósfera brasileña o china, se nos entregará verídico como una máscara, impalpable y efectivo, el doble sonoro, el cuerpo sinfónico de una raza que trabaja, padece y batalla.[1]

Como recolectores y coleccionistas de lo inefable, muchos artistas sonoros, a pesar de sus diferencias -distintas estrategias técnicas, procedimientos, y poéticas- han ido construyendo en conjunto y quizás sin saberlo (algunos ni siquiera se conocen) un inventario de sonidos que otorga una dimensión inédita del país y de nosotros, en un coqueteo con lo lejano, lo eterno, lo mutable, lo indescriptible, lo invisible, o incluso lo inaudible para el oído humano, y que hoy la tecnología permite traducir o someter a procesos de transducción (concepto abordado por Gilbert Simondon y hoy retomado por muchos artistas de los medios), haciéndolo inteligible y significativo. Ya Juan Downey había adelantado en muchas de sus propuestas, este acercamiento a la materia sonora, a la utilización de aparatos, donde la tecnología -micrófonos, hidrófonos, grabadoras- se pudiera volver aliada o cómplice para des-ocultar esas energías invisibles que entretejen lo real.

Este inventario de sonidos que intenta representar el paisaje desde un ángulo inédito es vasto, y también difícil de comprender, con lo cual el espectador convencional de las artes visuales o de la música, debe verse forzado también a agudizar sus sentidos y a trascender el lugar asignado a la relación sujeto-objeto tradicional en los esquemas racionalistas de la cultura occidental. Los ‘espectadores’ son increpados a volverse ‘auditores’ y participar de una experiencia acústica como medio de conocimiento, comprensión o simplemente para experimentar sus sentidos auditivos.

El arte sonoro en Chile, o más bien la etiqueta que agrupa a artistas que trabajan con el sonido como elemento protagónico, es de corta edad. Aunque artistas como el mismo Downey o Cecilia Vicuña utilizaban el sonido y la escucha como ingredientes sustanciales en muchos de sus trabajos, o Juan Amenábar y José Vicente Asuar, incursionando en la música electroacústica realizaran importantes contribuciones en torno a la relación entre sonido y tecnología desde los 60, es apenas desde principios del siglo 21 que el ‘arte sonoro’ empieza a configurarse como un sub-campo dentro del arte contemporáneo chileno. El inicio del milenio trae consigo un mayor acceso a las tecnologías de grabación y edición de sonido, y por otro lado la irrupción de internet significará una fuente inagotable de conocimientos que facilitará el desplazamientos de artistas visuales, gente de teatro y performance, músicos e ingenieros hacia la utilización del sonido como elemento estético, conceptual y material fuera de sus disciplinas habituales.

Será desde 2005 con la exposición Reberverancias realizada en el Museo Nacional de Bellas Artes que el arte sonoro chileno empieza a hacerse escuchar (y ver), incorporándose a la agenda de espacios institucionales como museos y centros culturales y, sobre todo, constituyendo instancias independientes, entre las que destaca el Festival Tsonami en Valparaíso que en 2016 cumplía diez años. La labor de los propios artistas y gestores ha permitido ir creando circuitos de exhibición y formación que han contribuido, en poco más de una década, a multiplicar el número de artistas que abordan el sonido desde distintos enfoques y consolidar paulatinamente un público interesado.

La potencia que irá tomando el arte sonoro en Chile se puede entender, además como una suerte de impugnación a la hegemonía de la imagen como constructora de sentido en la cultura occidental. El arte sonoro increpa la mudez de las imágenes, desafía el triunfo de un régimen retiniano, como llamaba Duchamp a la pintura. Atender al sonido y a la escucha, antes que al objeto y la vista significa, en último término, desobedecer el axioma dieciochezco que instalaba erráticamente una relación de equivalencia entre imagen y verdad, y que al mismo tiempo, convocaba en la mímesis y su énfasis en el objeto visual, una suerte de premonición o aviso de lo que se transformaría en la sociedad de consumo.

La representación sonora del territorio abre nuevas perspectivas imprevistas e inagotables. Sonidos granulares, de baja frecuencia, sonidos del espectro electromagnético, de la ionósfera, ruido blanco, susurros erráticos de aparatos, interferencias radiofónicas que advierten una profunda dimensión inconsciente de las estructuras geológicas y de las infraestructuras humanas, conviven en este inventario en proceso con sonidos fantasma de nuestra historia reciente: voces ancestrales hablando en lenguas casi extintas, sonidos de fuentes de agua, rasgueos de guitarras de cantoras populares, ruidos de puertas que se baten contra el tiempo, ecos de una memoria escurridiza y frágil.

 

Valentina Montero

Concón, Chile

OTROS-SONIDOS

Afiche de muestra Otros Sonidos /Otros Paisajes Roma, mayo- 2017

[1] Gabriela Mistral, “Pequeño mapa audible de Chile”, en Gabriela anda por el mundo, ed. Roque Esteban Scarpa (Santiago: Andrés Bello, 1978), 357.

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